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NÚMERO 4


ISABEL TEJADA


POR ORDEN

Primero fue la ola
el vaticinio de un ahogado

Más tarde
el trabajo del náufrago: hacer la isla
Olvidarse del barco
Contener el vacío en su propia cintura

Permitir a la noche el idioma de los solos

Saber
          perder



LA VERDAD


es que hago la cama como hago la vida
Militando el borde de todo lo que me socava
Rumiando un principio en cada desenlace
Sublevada de mí misma redonda de ignorancia
Boreal y equívocamente ambigua
El pecho condecorado con tus graznidos
Si me buscas hallarás en mí animales
Cisnes blanquísimos se arenan en esta piel
que espera ser mordida
Caballos ebrios de viento definen mis caderas
con su fiebre
Un gato se perpetra en cada pupila
ciñéndote a mí sin que te des cuenta
                                                             hasta que
                                                             ya sea demasiado tarde
Los lobos que me devoran no están a mis pies
Los llevo dentro


MIGUEL LUPIÁN



DOMINGO


Es día de levantarse de madrugada, de cargar los bultos y meterlos en el carro, de armar el puesto, de permanecer en pie durante diez horas, de comer todo el día naranjas y mandarinas, de no poder ver jugar a las Chivas… Es domingo.

Domingo se pregunta si el cuchillo ha perdido su filo o si su fuerza ha menguado después de dos horas de partir cuerpos pulposos. En cualquiera de los dos casos, tiene que afilarlo en sus escasos minutos de descanso.

Después de tres horas, la piel de su palma derecha se empieza a adelgazar tornándose doloroso el contacto con el cuchillo. Sabe que es inútil detenerse y sobarse la palma: dentro de algunos minutos se llenará de pus y se convertirá en ampolla. La retira pellizcando los bordes del abultamiento y dejando a la vista la sonrojada piel del monstruo que vive dentro de él. Se coloca una curita y evita limpiar con sus dedos pegajosos y atiborrados de pulpa el par de lágrimas que escurren por su rostro.

El sol cae a plomo. La lona que lo cubre solamente intensifica lo rojo de su playera y de sus mejillas, le dificulta diferenciar rápidamente entre una naranja y una mandarina y lo hace sudar copiosamente. Domingo entrecierra los ojos y el cuchillo corta cada vez más cerca de sus pequeños dedos. Se despabila al recordar las cicatrices en su mano. Le da un trago al jugo, revisa la curita y vacía otro bulto de naranjas.

Se entretiene pensando que pronto comenzará el partido de las Chivas. Se imagina saliendo a la cancha al lado del Chicharito y del Bofo. Su nombre estampado en el dorso de la playera y todo el estadio ovacionándolo. La mano tosca de su padre buscando la fruta partida derrumba su sueño. Sabe que si no la encuentra rápidamente, el siguiente movimiento será un golpe en la cabeza.

Uno grande de mandarina. La voz le resulta familiar y levanta la vista. Se trata de Víctor acompañado de su mamá, la señora González. A pesar de que evitan la mirada, Domingo se da cuenta de que Víctor le susurra algo a su mamá. Sabe que le está contando que van en el mismo grupo, que reprobó segundo año y que le dicen El Mandarino

La señora González le regala una sonrisa amable contaminada de condescendencia. Víctor ríe por lo bajo. Domingo siente palpitar su palma derecha. La curita se cae y el monstruo lo mira con su único ojo. Los dedos de Víctor y los de la señora González descansan lánguidamente sobre la mesa: limpios, rosados, frágiles. Coge el cuchillo. Lo levanta y corta de un solo tajo. Víctor cierra los ojos, la señora González grita, Domingo sonríe. Víctor llora, la señora González palidece, Domingo sonríe. Víctor corre, la señora González se desmaya, Domingo sonríe.

Los dedos mutilados se retuercen como gusanos entre la pulpa y las cáscaras. Domingo los observa con indiferencia, suelta el cuchillo y se acuesta sobre un costal de naranjas. Cierra los ojos.

Abre los ojos. Paredes blancas descarapelándose, loseta gris apestando a desinfectante y tres camas individuales separadas por una cortina manchada. Arrastra sus pequeños pies desnudos hacia el pasillo. Colgando de una pared se encuentra un viejo televisor transmitiendo el partido de las Chivas. Se sienta en el suelo, limpia las lágrimas con su mano vendada y disfruta el resto del domingo.  

MARIO MELÉNDEZ



RECUERDOS DEL FUTURO


Mi hermana me despertó muy temprano
esa mañana y me dijo "Levántate, tienes que venir a ver esto
el mar se ha llenado de estrellas"
Maravillado por aquella revelación
me vestí apresuradamente y pensé "Si el mar se ha llenado de estrellas
yo debo tomar el primer avión
y recoger todos los peces del cielo"



PRECAUCIONES DE ÚLTIMA HORA


Debo cuidarme de los gusanos
cuando me entierren
lo más seguro
es que hablen mal de mí
que escupan sobre mis poemas
y orinen las flores frescas
que adornarán mi tumba
llegado sea el caso
que hasta devoren mis huesos
me arranquen los intestinos
o en el colmo de la injusticia
se roben mi diente de oro
y todo esto porque en vida
jamás escribí sobre ellos



PARA MAYOR SEGURIDAD


Vengan a ver mi poesía
no está hecha de material ligero
aguantará perfectamente el invierno
y en verano refrescará
las mentes y los cuerpos
Hay poderosas vigas entre cada verso
hay listones apuntalando mis palabras

Y si la lluvia desea entrar
pondré mis sueños en el techo
y taparé las goteras
con mi propio dolor



SEÑALES DE RUTA


Si te pierdes en el bosque del lenguaje
piensa el poema que más te guste
y dilo en voz alta
Las palabras nos llevan de la mano
me grita Dios
desde una estrella a pedales
Cuando llegues al último verso
encontrarás la salida



CRIATURAS


Tus muñecas tienen las manos heladas
parece que juegan con la muerte a la escondida
y no se cansan jamás

Quién peina a tus muñecas cuando te duermes

Tus muñecas se peinan solas
y cuentan hasta diez con los ojos cerrados
mientras la muerte envejece bajo tu cama


JEZREEL SALAZAR



CONTRA EL MUNDO CULTURAL


No es fácil mantener la compostura al hablar sobre la realidad literaria del mundo actual. No me refiero al hecho de que ciertas obras me provoquen exabruptos o disertaciones apasionadas debido a su capacidad expresiva o su demoledor reproche ante el estado de las cosas. Lo que ocurre es que desde hace tiempo, al escuchar a mis amigos escritores, editores o periodistas hablar, frente a un café, sobre novelas y autores, no puedo evitar sentir agruras estomacales. Esto, más que un indicio de intolerancia a la lactosa o de un padecimiento psicológico, me parece un síntoma de cierta dolencia colectiva, algo que asocio a los malestares de nuestro campo cultural. ¿Qué lo provoca? He tenido la impresión de que es el tono, la manera en que se habla sobre literatura, lo que carcome mis vísceras: demasiada seguridad, certezas desmedidas, exagerada claridad. Un exceso de confianza infecta nuestro paisaje cultural, lo cual me ha llevado muchas veces a perder el estilo, y buscar la puerta más próxima hacia el sanitario alivianador.

En busca de una solución que me permitiera seguir conversando con mis amigos, cayó en mis manos un libro de Damián Tabarovsky con un título que de entrada me hizo pensar que leerlo podría generarme ámpulas: Literatura de izquierda (Tumbona Ediciones, 2011). No obstante, apenas lo hojeé me di cuenta que se trataba de un texto provocador cuyos planteamientos críticos tenían que ver justo con aquellos comportamientos, imágenes y valores que, en torno a lo literario, detectaba una y otra vez a mi alrededor: banalidad política unida a la búsqueda indiscriminada de incorporación social, pretensiones de notoriedad acompañadas de complacencias estéticas.

A pesar de discutir desde el contexto de la literatura argentina, es claro que el diagnóstico básico del texto compete al resto del mundo editorial hispánico. La argumentación fundamental de este breve libro de ensayos podría resumirse así: buena parte de la literatura actual posee un ideal conservador que le ha hecho perder su potencia expresiva, para convertirse en un alegato a favor de la reproducción del orden social. Según Tabarovsky, desde los años ochentas se ha privilegiado una narrativa que sostiene la inocencia y la transparencia del lenguaje, el éxito como canon y la sensatez como valor estético. A esta versión conservadora de la literatura la denomina “política literaria del café con leche” y contra ella dirige su puntería argumentativa, en aras de reivindicar el papel negativo de lo literario esa experiencia radical que se escribiría desde un afuera, ese discurso que siempre debería incomodar para poner en cuestión la realidad.

Debido a su carácter de diatriba contra el mundo cultural instituido, Literatura de izquierda resulta un espejo en el que no es difícil reconocerse, pero ante el que resultaría preferible desviar la mirada. Lectores o escritores, editores, críticos y académicos, reciben una imagen de sí mismos que los repele. De un modo u otro, nos vemos inmersos en un espacio de conformismos y convenciones, en donde el conservadurismo de nuestras prácticas culturales resulta innegable. El tono provocador de esa revelación (aunque en momentos adquiera postulaciones absolutas que requerirían de matices) es uno de los logros más estimulantes del libro. Pero no es el único.

Si Tabarovsky sostiene una postura de desconfianza frente a toda institución que genere hegemonía cultural (de ahí que defienda con Dubuffet ciertos mecanismos de desculturización), lo hace para exponer de manera radical una reflexión sobre la vanguardia, sobre la voluntad de trabajar bajo el horizonte de continuas rupturas, transgresiones y experimentaciones formales. Frente a una época que tiende a convertir toda crítica en decoración, y logra asimilar lo subversivo hasta volverlo norma o espectáculo banal, Tabarovsky reivindica una escritura que parta del escepticismo y la anomalía, asuma la imposibilidad como horizonte y genere un sentimiento de inadecuación frente a lo real (lo que implicaría vincular vanguardia política y estética). Siguiendo a Blanchot, Barthes y Nancy, llama la atención sobre la urgencia de que el escritor hable desde el lugar del extravío (desde un espacio no asimilado), sospechando de su propio relato y destruyendo el canon existente: “La literatura no piensa, no da sentido; al contrario: lo congela, lo pone en suspenso. Es el mundo quien da sentido, y la literatura se opone al mundo. La gracia de la literatura está en volcar”.

Termino de leer el libro y varias preguntas irrumpen en mi cabeza: ¿tiene la literatura algo que ver con la compostura o la contención?, ¿podré lidiar en adelante con las certezas esenciales de lectores y críticos?, ¿al leer los libros de mis amigos dejaré de tener agruras estomacales?

JAVIER PEÑALOSA



RUPTURAS


a)
Había siempre un largo silencio
cuando uno de los platos
se rompía en la cocina.
Era la hora de las manos pequeñas
que no son manos para sostener.

Y los largos dedos de mi abuela
levantaban esa dureza rota
extendida como un mapa incompleto
por el suelo frío de la cocina.

Siempre el largo silencio
hablaba
la angustia de las cosas
que no se pueden volver a juntar.

Y todo lo que se ha roto desde entonces;
arterias, músculos, huesos,
higos abiertos, cáscaras de nueces,
caracoles bajo la suela de los zapatos,
ventanas vencidas por piedras
o pasillos que llevan al cuerpo de mi abuelo,
a las cosas rotas en él y en mí.
Mi madre, mi abuela.

Todas las cosas que se rompen.


b)
Miro mis manos;
las líneas que las cruzan
son accidentes geográficos, cañadas.
Soy lo que se rompe en mis manos.

El padre del mundo
es el padre de las grietas, es
la blanda violencia de lo que se separa
sin hacer ruido.

Hay pájaros que caen de las ramas
antes de estar maduros,
hay espacios en blanco entre los cuerpos
antes de que comience la próxima canción.
Las flores se rompen para abrirse,
las olas se rompen hacia adentro,
como las madres pierden a sus hijos.

¿Por qué estoy más cerca de las rupturas
que de las piedras pulidas?

El acero, las flores, los pájaros,
todas las cosas que se rompen.

FAUSTO ALZATI FERNÁNDEZ




POÉTICA DEL SUJETO


Diario hablamos. Intercambiamos idiosincrasias y observaciones, demandas y seducciones, reclamos y aspiraciones, gruñidos y gemidos, pausas e interrupciones... Transferimos sentimientos y deseos en pequeñas y arborescentes cápsulas volátiles: palabras. Signos asechados por otros signos y significados diferidos en un juego de historias y espejos. Y a veces para decir algo, callamos; el peso del silencio, el espacio que transporta en eclosión, puede en instancias instigarnos a compartir la incertidumbre o el asombro.

La palabra generalmente se ve relegada a dos campos opuestos, pero mutuamente edificantes; es decir, o nos topamos con la concepción de que la palabra designa algo directamente, como en un contrato; o encontramos lo que algunos místicos plantean, que la palabra es un gesto vacío y pretensioso que enreda la experiencia de lo inmediato. Cuánta paranoia.

Menos mal que hay poetas.

En la poesía la palabra puede ser música, como los juegos fonosemánticos que un niño repite, absorto y expandido en lo que acontece; o bien puede ser martillo o una lengua cálida al lóbulo de la oreja; la palabra es lo que es y su fantasma, y la brecha entre éstos; la palabra es la ruptura del tiempo por el afecto; la palabra se desnuda, se viste de geisha o de rayo de sol, y baila y muere y sonríe. En la poesía la palabra se devela extraña e íntima, intermitentemente y a la vez.

No hay un sitio fuera de la narrativa para nosotros. No hay adónde correr a esconderse de la palabra. Si bien en la inmanencia el sujeto y el objeto pierden sus contornos y contrastes, dicha experiencia se verá narrada posteriormente. Si bien la experiencia como tal no será inscrita en ningún morfema, sí se buscará transmitir, comunicar a otro —se traducirá, por lo menos, el método para provocar dicha experiencia. Ya sean las direcciones para llegar a dicha epifanía, o una lista de desviaciones en potencia que habría que procurar evitar. Nadie puede decirte a qué sabe la cajeta, pero sí te pueden decir dónde comprar una lata de ésta y dónde no.

La poesía transmite experiencias no sólo en los juegos con los múltiples significados y connotaciones de la palabra (como un albur), la rítmica, métrica, arreglo visual, tono, etc., sino que hay una función directa que la poesía puede provocar por medio de estos recursos. Como los famosos Koan de la tradición del Zen, la poesía puede alterar las estructuras neuronales del lector/escucha a través de lo inesperado, lo inefable, la aporía. Rupturas y suturas paradigmáticas, rizomáticos retornos a lo inefable, confusiones y despertares latentes. Se modifica el registro de la experiencia gracias al efecto que tiene lo inexplicable ante la lógica —la cual debe ceder, así abriendo campo a toda otra gama de experiencias antes insospechadas.

El sujeto mismo puede ser poetizado. Durante el transcurso de un día suelo pensar compulsivamente, narrándome los eventos que suceden a mi alrededor, casi como si no estuvieran sucediendo. Agregando y encimando juicios y afectos y recuerdos y asociaciones y resentimientos a este cuento. A ratos esta tendencia se altera, florece o se cae y ocurre poesía. Habito más cerca de la inmanencia en esas interferencias. En otras ocasiones es la manera en que escucho la que cede ante el flujo poético; la verborrea sigue, pero la oigo con espacio, distinguiendo sus causas infinitas y la textura precisa de su desborde. Así los movimientos y desplazamientos del sujeto se vuelven poesía. La identidad misma se derrite develando la continua y brillante elusión de aquello que llamamos el sujeto: el deseo.

La historia que formula el presente como tal es una novela —la historia es siempre la ficción, los límites de lo concebible. El sujeto está sujeto a su enunciación, a su tenaz causalidad. Al poetizarse el sujeto el enunciado cambia —nuestras relaciones se tornan más empáticas y jugosas, fractal y exponencialmente. El significado de la novela entera se ve en problemas, en duda. Así se articula lo indecible. Miles de formas de opresión son develadas y expuestas. Miríada de libertades cobran vida, y lo posible se ofrece con ética. Rescatemos la poesía de escondites y pedanterías. Habitémosla y llevémosla en la lengua y la escucha; en el trazo de los sentidos sobre las huellas de la experiencia; en la carne; abramos sus puertas para que la interpretación le bese el cuello y así suspiren revueltas. Caminemos junto a ella, hacia ella, en ella, por ella.

Poetizemos la calle.


Julio, 2008

DIANA GUERRERO LOZOYA, @DianitaGL



ESPERAR NO ESPERAR

1. La espera es un vientre que no pare. Un vientre preñado por años, que duele, que se contrae, al que se le revienta la fuente a cada segundo.

2. La espera es un hueco entre las manos cuando tienes sed.

3. No importa si el tiempo pasa o se queda estancado sobre una manecilla, como tierra seca 
o roca de mar. En la espera es un abismo.

4. He recorrido los infinitos de la espera. Es un momento interminable, como la respiración. Cuando termina, no nos damos cuenta.

5. Me aferré al camino esperando llegar al final, sentarme y no hacer nada. Llegué a lidiar con las consecuencias de todo lo que había hecho.

6. La espera siempre tiene prisa y nunca llega tarde.

7. Tengo un párrafo completo en espera de tus renglones.

8. No es lo mismo, la espera y la esperanza. La primera está muerta desde el momento en que es eterna aún cuando acaba. La otra sangra.

9. Quien espera no puede ser más humano en ningún otro momento que cuando lo hace. Siempre queriendo terminar.

10. Al tiempo y a la espera no les es permitido verse nunca. Pero siempre lo hacen. Amantes encarnados en uñas comidas y cigarros muertos.

11. Vamos, tú y yo. Que esperen aquéllos que son triviales, que desean. Vamos, solamente falta que llegues.

12. Nunca se aprende a esperar. Del no aprender a hacerlo: ahí su naturaleza.

13. Reduje los años a meses, y a días, y horas, en espera de ser segundos solamente, de que me consuma pronto. De serte fugaz.

14. Quién pudiera ser tiempo que agradece el pasar nada más.

15. De sus ojos de arena fabricaré un reloj. Estará siempre marcando la hora equivocada, una futura; yo no esperaré más.

16. Todo lo que hemos esperado se guarda en un cajón especial de nuestra memoria. Al recordarlo, volvemos a esperar, sin remedio.

17. Un pájaro vela los segundos. Los labra con su pico y los coloca manso sobre la línea del tiempo. Espera, como una madre, verlos crecer.

18. Plantamos pedazos de tiempo en tierra infértil y porosa. No hay cosecha.

19. No recordamos haber despertado nunca. Nos han dicho que lo hicimos, otra gente despierta. Pero seguimos en espera del sol.

20. Canto un himno a lo que no se detiene, a lo que no repara en su andar. El tiempo no se ve los pies, aunque le vayan sangrando.

21. Con cuánta gracia los relojes nos quitan la esperanza.

22. Ya está cayendo la noche como algo inesperado y tímido. Así, en silencio, llega joven, blanquísima, y nos vela los ojos. De ahí su oscuridad.

23. La espera nos avienta los despojos de aquello que intentamos arrancarle cuando la mordíamos. Nos los regala en homenaje a sí misma.

24. El tiempo que con todo acaba, no ha oído hablar de finales.

25. Cercamos las horas como si fueran huertos que darán frutos, sin entender que en realidad son el cerco.

26. Tiempo ave que muere entre los barrotes de una jaula.

 27. No es una costa algo más que la esperanza de lo interminable y profundo. Al mar vamos buscando el pasado.

 28. Me crecieron las arrugas como rasguños de lo que esperé y nunca llegó.

 29. Vengan los días en que se dirá que hemos llegado al fin. Que de esos días se hablará también a su tiempo.

 30. En la espera se crían bestias que uno no atina a entender que son propias.

EMILIANO DELGADILLO MARTÍNEZ



EL MENSAJERO ASESINADO 

Buscábamos ser en estas playas
el mensajero asesinado.
Pero nadie salió nunca a recibirnos.
F. S.



Francisco Segovia nació en la ciudad de México en 1958. Es hijo de Inés Arredondo y Tomás Segovia. Desde 1977 ha publicado varios libros de poesía, entre los que destacan El aire habitado (1995), Rellano (1998), Ley natural y Elegía (ambos de 2007). Trabaja como lexicógrafo y traductor, además de dedicarse a escribir ensayos: Invitación al mito (2001) y Jorge Cuesta. La cicatriz en el espejo (2004) entre los más recientes. Su nuevo libro de poesía, Partidas (Ediciones Sin Nombre, 2011), acaba de ser presentado en la Casa Refugio Citlaltépetl el pasado mes de agosto.
            El libro se divide en tres partes y una “Posdata” que es, a mi parecer, compendio y suma de aquéllas. Las dos primeras, “De guardia” y “De tan lejos”, se desarrollan en una patria perdida:
                                               Nos dispersamos
                                               lentamente en la intemperie
                                               como las siete tribus.
                                               Pero sin remembranza
                                               de un paraíso ni promesa
                                               de una tierra.

Patria perdida por el abandono, por desperdiciada, por carecer de esperanza. La tercera sección, llamada “Tierra roja” (publicada parcialmente en la revista Letras Libres en enero de 2010), ocurre en el planeta Marte, a donde va una partida de hombres con sed de justicia, en busca de “un ideal sin lujo y sin miseria”, sin saber lo que les espera en este planeta nunca antes visitado. Por último, la “Posdata”, próxima a la epístola, es la recapitulación de las reflexiones y angustias de los poemas anteriores, escrita en un estilo notoriamente rítmico, vital y excelso, que demuestra la entereza no sólo de Partidas sino de la poesía de Francisco Segovia.
            Los 280 poemas breves, numerados consecutivamente a excepción de la “Posdata”, constituyen una epopeya fragmentada por los saltos en la materia y en el estilo de los mismos. No obstante, pronto vislumbramos una realidad concreta que bien podemos llamar mexicana (o quizá, mejor, mesoamericana) y una narración doble, literal y figurada, virtud de la unidad reflexiva del libro.
            La voz poética nos lleva por la vida de un guardia, disciplinado e impávido a la vista mas lleno de zozobra por dentro, quien por circunstancias bélicas tuvo que ausentarse del hogar y separarse de su esposa amada. No obstante, pervive la camaradería entre sus pares con quienes comparte la misma suerte (son mayoría los poemas en plural donde leemos “nosotros”). Su antiguo oficio de campesino le legó el trato con la tierra y su entorno; su conocimiento le recuerda que la naturaleza no se inmuta ante las atrocidades e injusticias:
                                               ¡Tantos muertos y heridos
                                               dejados al pairo en aquel valle
                                               bajo un sol impávido y sereno!
                                               [...]
                                               “En el país derrotado
                                               ríos y colinas impasibles”...

            La angustia y la ira lo carcomen porque sabe también que la violenta historia de la humanidad ha sido forjada por el hombre mismo. Esta convicción lo lleva a zarpar en busca de “un futuro aséptico”, pero la tempestad lo hace naufragar en la misma orilla. Lo intenta de nuevo mas la borrasca lo hace encallar otra vez. En tierra es tratado muy a contrario sensu que el peregrino de don Luis de Góngora y por eso decide abandonar este planeta: parte a uno sin vida, regido por leyes totalmente distintas, en donde “Nada pende nada tiende una comba / con la reverencia del helecho.”
            A lo largo de Partidas Francisco Segovia nos incita a reflexionar sobre el origen del mal, y él mismo sugiere una tesis:
                                               “Al extranjero y al enemigo
                                               es en el espejo
                                               donde hay que buscarlos”

dice una voz que no sabemos de dónde viene (“¿Cómo me oís vosotros? / Hablo de tan lejos...” reza el epígrafe de René Char). Esta tesis, repetida a lo largo del libro, será puesta a prueba en los pasajes marcianos, en donde no hay bien ni mal pues no existe siquiera la palabra:
                                               Pero no he encontrado aquí otra cosa
                                               que prehistoria y cielos sucios
                                               la magra médula de un tiempo
                                               que resecó la escasez de siempre
                                               un lugar sin aire y sin madera
                                               donde nadie sabe aún
                                               cómo arar los campos
                                               o encender una fogata.
                                  
            No quiero hablar más de la estancia en Marte ni de la “Posdata”. Prefiero que el lector recorra ese “seco mar marciano”, como dice Ray Bradbury, pues me parece el apogeo de un libro que va in crescendo hasta llegar al punto en el que cada quién debe enfrentarse con la propuesta ética y estética del trabajo de Francisco Segovia.
            Sólo quiero mencionar una última cosa. Al final del libro Segovia incluye un “Epigrafario” –verdadera rareza en nuestra literatura– que desvela humildemente su imitatio y apropiación de pasajes de otros libros y autores, con lo cual, me parece, rinde un homenaje a los guías de su viaje poético. Allí encontramos a Virgilio y a Yorgos Seferis, a Homero junto al libro de Job, a Li Po y a T. S. Eliot; allí nos muestra que en Partidas conviven René Char, Lucrecio, los Himnos védicos, Tu Fu, Ray Bradbury, Epicuro, Arthur Rimbaud, los Upanishads, Manuel José Othón, el Gilgamesh, Cesare Pavese y Carlos Pellicer, entre muchos otros.
            Y aun sin mencionarlos, hay poemas que me traen a la memoria la Epístola moral a Fabio del Capitán Andrada. Otros, simplemente, suceden en Comala.