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ÉDGAR OMAR AVILÉS


LA MANZANA

Cuando dan las doce del día, la hora de las brujas, pero con sol, Caperuza usa una niña para tener cuerpo.
—Ve a llevarle La Manzana a Abuela w9 —le ordena la Madrina. Caperuza usa aquella mano para recibir el objeto. Lo toma con mucho cuidado, no quiere que explote.
Parte con la encomienda; se desliza entre los ocres de las hojas para no ser detectada. Ya falta poco, unos cuantos túneles y pantanos radioactivos... Ya falta poco, cuando es interceptada.
—¿A dónde vas? —pregunta el Lobodehocicorrabioso.
—Voy a ver a mi abuelita…
Y cada quien toma su camino, no quieren ser descubiertos.
Caperuza usa sus habilidades militares para no ser víctima de los pastos envenenados, de las flores mecánicas y proteger a La Manzana. Tras cruzar el último puente de lianas y ortigas, tras el último río de pirañas-cocodrilo, llega a la guarida de Abuela w9. Piensa que todo ha sido demasiado fácil y a Caperuza no le gusta eso.
—Champiñón Dorado —dice y la puerta se abre—. Traigo La Manzana.
—Qué bien, mi nietecita —apremia el Lobodehocicorrabioso, con su tosco disfraz de abuela.
—Aquí te la dejo... Oye, abuelita, ¿por qué tienes tanto pelo?
—Es de familia. Así serás cuando crezcas…
—Abuelita, ¿y por qué tienes esos ojos tan rojos y grandotes?
—Para mirarte mejor...
—¡Uuuuuyyy! —exclama Caperuza, luego pregunta susurrando: —¿Ya estás preparado? —la falsa abuela asiente—. ¿Y por qué tienes esa boca tan grande?
—¡Para comerte mejor!
Y el lobo empieza a tragarse a Caperuza, dejando el cuerpo de la niña sin motor de vida.
Una vez adentro del estómago, Caperuza se encuentra con Abuela w9. Los dos agentes trazan los planes, ya sin el peligro de los micrófonos ocultos:
—Te bajamos al fondo de la falla, luego tú, para accionar la bomba, sólo tienes que hacerte una hendidura y clavártela en el hipotálamo.
—Muy bien, Caperuza. Nos vemos mañana a las cinco de la mañana en la falla de San Andrés.
—¡Perfecto! El Leñador nos llevará, él sabe el punto exacto en donde es más honda la falla.
—Ojalá que ahora sí podamos acabar con este mundo tan horrible…—dice suspirando Abuela w9.
Caperuza despliega el mapa electrónico en las paredes estomacales del Lobodehocicorrabioso. Pero la imagen se ve borrosa. Abuela w9 arregla el problema que hay en los viejos circuitos de la parte cibernética del Lobodehocicorrabioso. Con la proyección del mapa clarificada, Caperuza le explica las minucias del plan.
—¿Y La Manzana resultará suficiente? —pregunta Abuela w9.
—Eso espero: casi un megatón. Es todo lo que pudimos conseguir…
—Ya veremos… El Leñador llegará en unos minutos. Es muy puntal.
—¡Perfecto…! —exclama Caperuza, pero no cree que sea perfecto, sólo es una expresión que suele usar. Ya antes han intentado escapar de ese cuento que se repite como monstruosa tortura, pero siempre a última hora algo sale mal. Y así, con sus esfuerzos, sólo han conseguido ir deformando la historia de tal suerte que cada vez todo les resulta más terrible.

ROMÁN VILLALOBOS



 RANAS


Quería unas ranas, así que fui a comprarlas a una tienda de ranas que me habían recomendado tiempo atrás.
Cuando llegué al lugar no había ningún otro cliente. El encargado llevaba una playera amarilla y jugaba con su teléfono celular.
Lo reconocí: habíamos estudiado juntos. No lo había visto desde entonces. Supo quién era yo en cuanto me acerqué. Me dio un abrazo. No pude, sin embargo, recordar su nombre. Empezaba con J. Tal vez era Javier, Jerónimo o Jacinto, o quizás Juan.
Procedió a contarme su historia de vida con lujo de detalles. Como si hubiera ido sólo para saludarlo y no para comprar ranas.
No paró a lo largo de diez minutos, a pesar de que hice todo lo posible por mostrar desinterés en su monólogo.
—¿Sabes qué es lo peor de todo? Que me digan: “Es que no puedes ser gay, ser gay es malo, no es de Dios”. Yo pienso, ¿cuál es su problema? Yo soy gay, me gusta mucho ser gay y no me importa lo demás. ¿O qué?—me dijo, esperando una respuesta.
—No me importa si eres o no eres gay. En realidad, no me importa absolutamente nada de la vida de nadie. Vengo por ranas.
—¡Ah! —contestó y, frotándose los párpados, me señaló los pasillos que estaban junto al mostrador—, pues… adelante.
Así que fui a ver a las ranas. No puedo entender por qué algunos contenedores estaban vacíos, mientras que otros estaban a punto de reventar.
Las ranas me miraban con amor y comprensión, que es justo lo que estaba buscando de parte de algo o de alguien. Me daban ganas de llevármelas a todas.
Traté de hacerlo, de hecho. Me metí una rana al bolsillo, pero logró escapar. Cuando el empleado vio al animalito saltando por ahí me advirtió que podía echarme de la tienda.
Entonces le dije que quería unos cuantos ejemplares de cierta especie de rana de color rojo. Fue por unos frascos y unas pequeñas redes.
Mientras tanto, yo silbaba una canción que había estado de moda hacía muchos años (la recordé justo en ese instante) y hurgaba en los bolsillos de mi pantalón.
En ese momento entró un hombre a la tienda. No tengo nada que señalar acerca de su aspecto. Era un tipo de apariencia bastante olvidable. Me dijo buenas tardes y yo le respondí con lo mismo.
Fue directo hacia el empleado. Se besaron y se dieron un abrazo tan largo que fácilmente pude haber tomado un montón de ranas y salir corriendo sin descaro alguno.
Pero no lo hice porque, vaya, estaba silbando una vieja canción y trataba de hacerlo sin equivocarme.
Jaime, Jorge o José se acercó de nuevo, dejando a su novio por un momento, y se mostró bastante desinteresado. Le resultaba difícil meter las ranas dentro de los frascos. Le dije que yo podía hacerlo.
Se fue con su novio y yo metí tantas ranas como pude en cada uno de los frascos. Temí que murieran aplastadas. Pero eran gentiles, nobles, y su corazón palpitaba con fuerza. Estaban visiblemente enamoradas de mí.
Me acerqué al mostrador con los frascos. Eran siete pero se me cayó uno en el camino y las ranas que iban dentro murieron desangradas por las cortaduras.
El empleado estaba tan idiotizado por la presencia de su amor que fue incapaz de hacer bien las cuentas. Su novio me miró con simpatía y me dijo:
—Mira, no te apures. Yo pago.
Lo miré con suma desconfianza. Se ofreció a pagar la cuenta sólo para que yo me fuera lo más rápido posible. Todavía titubeé un par de veces.
—Con confianza, en serio—me dijo.
Dije que estaba bien. Pusieron los frascos en una bolsa y salí. Afuera había una larga fila de gente que esperaba un taxi o un autobús. Frente a nosotros, la avenida y su singular desorden.
Llegué a casa y lo primero que hice fue liberar a las ranas en el comedor, cuidando de que no hubiera vías de escape. Dejé que una manguera llenara de agua la sala, que es el lugar más bajo de mi casa y que siempre me hacía pensar que podía convertirse en alberca o estanque.
Fui a la alacena y deposité en el agua un montón de galletas, pan y fruta. Luego acerqué las pocas plantas que tenía y abrí la puerta del pequeño jardín trasero.
A las ranas pareció gustarles el lugar y al cabo de unos días todo era felicidad, de esa que me orillaba a andar desnudo por la casa y cantar canciones pegajosas a todo volumen.
La humedad hacía estragos en las paredes, pero los anfibios lucían felices y me agradecían mi atención y mi amor con cada uno de sus movimientos. Pronto fueron cientos de ranas y yo pensé que tanto amor me volvería idiota.
Entonces un día me visitó Olivia. Se impresionó al ver en lo que se había convertido mi casa. Pero de cualquier forma no modificó su expresión de pedantería.
—¿Y sabes nadar? —me preguntó frente al estanque.
No sé nadar y no quería empezar entonces. Se lo dije.
—Uy, qué pesado. No te vayas a ahogar.
Me rasqué la cabeza. Olivia me miraba atenta.
—¿Por qué tienes un estanque si no sabes nadar?
Comencé a sentir ganas de no haberla dejado pasar.
—¿Por qué? No entiendo —insistía ella.
Una rana aterrizó en mi hombro. Ya no creí necesario responder. Tantas ranas juntas desconcertaban a Olivia, pero, insisto, ella no cambió para nada la expresión soberbia de su rostro.
Fui a la cocina a buscar una botella de vino o alguna otra cosa que ofrecerle. Cuando regresé al comedor, alcancé a ver la espalda desnuda de Olivia sumergiéndose en el agua turbia. Las ranas saltaban de un lado al otro. Hasta entonces noté que habían crecido enredaderas por toda la casa.
Olivia nadaba al estilo mariposa. Me decía que los renacuajos le mordisqueaban los dedos de los pies y la entrada de la vagina. Se veía que lo disfrutaba.
—Ven, ándale, no te va a pasar nada.
Me encogí de hombros.
—Yo te enseño a nadar.
Decliné la oferta y ella me sonrió coqueta.
—No cambias —me dijo, antes de desaparecer bajo el agua.
De repente aparecieron sus muslos por encima de la superficie. Recordé que cuando era niña había practicado natación sincronizada. Ella trataba de averiguar si todo era como antes.
Llevó a cabo una rutina casi perfecta. Salió del agua y estaba emocionada. Olía realmente bien, a una mezcla entre agua de ranas y antojo de estar conmigo.
Unos parpadeos después y estábamos sobre la cama destendida, acompañados por un nutrido grupo de anfibios que saltaban sin parar. Algunas ranas aterrizaban directamente en los pezones o en la cara de Olivia, evidenciando sus celos. Otras se sujetaban a mis dedos, como tratando de impedir una traición amorosa.
Olivia y yo, desnudos ya, encontramos la forma de comenzar a hacer el amor, pero ella estaba ansiosa y harta de las ranas. En cierto momento atrapó a una rana y la arrojó con furia a la pared. El animalito se despanzurró y dejó una mancha en el muro.  
—¿Cuál es tu problema, estúpida? —grité.
Olivia se apartó de mí. Seguramente pensaba en algún insulto en mi contra cuando las ranas se le fueron encima. Cayó al suelo. Montones de anfibios se aferraron a su cuerpo.
—¡Quítamelas, quítamelas!
El croar era ensordecedor. Las ranas no paraban de llegar. Ella gritaba “¡Haz algo!” y a mí me parecía que nunca había visto tantas ranas juntas en toda mi vida.

MARCO ANTONIO LARIOS QUIRINO


EL VIAJE

Para E. P. S.


Al girar, el trenecito llegó junto a mí y se detuvo; adentro vi la palanca de velocidades; al lado, una mochila de donde asomaba una pipa y tabaco. Abajo, pedales; colgando, una cadena, el silbato del tren, supuse. En el asiento, una gorra que me quedó estupendamente. Fumé unos instantes y exhalé el humo como si saliera del mismo tren. Al sentarme conocí la comodidad del cuero. La alfombra de mi casa semejaba un valle otoñal. Comencé a andar y aceleré. A toda velocidad, me asaltó el deseo de haber tenido uno igual cuando niño. El viento volaba mi cabello. Entrecerré los ojos: apenas pude ver cuando mi hijo quitó parte de la vía más adelante. Intenté frenar, pero fue tarde, cuando quise sostenerme oí un largo silbido. Mi cabeza dio contra el cristal y volqué mientras mi hijo exclamaba lo fabuloso que había sido su regalo de navidad. Inconsciente, me supe herido. Ojalá hubiera tenido un juguete semejante cuando niño, me dije.


JULIÁN HERBERT



VOLVERÉ A LA BESA DE BLACKJACK
(UN POCO DE MARKETING PARA BALADAS CURSIS)


Soy un pájaro muerto en el árbol más seco de mi generación. ¿Sabes por qué? Porque yo me emociono. Me gusta Nick Drake, beso mi camiseta de fut, bailo como un gorila, lloro hasta en los téibols, odio a Moderatto, cito pasajes de Julien Sorel a la menor provocación. Eso es desastroso para cualquier fan de Bret Easton Ellis, eso es temerario en este andén psicosomático poblado de pop freaks y muchachas heladas vistas a través del cristal retro de la intoxicación. Tal vez ahí reside el último gran escondite del macho macho man: la emoción ha dejado de ser masculina. Eso déjalo para nuestros ángeles de Charlie (no Farrah sino Drew), eso ya es cosa de bonitas prestigiadas y muy cultas, parecen decir mis amigos-artistas-conceptuales mientras disfrutan la "Nalguita" de Plastilina Mosh: nosotros los meros hombres ahora somos cool.
But I´m not cool, aunque lo intento a veces (con más accidentes que retórica): yo soy un hombre sincero de donde crece la palma.
En este afán por desmitificarlo todo, cada vez nos importa menos estar detrás del micrófono: preferimos ser quien hace los disparos. Antes deseábamos parecernos a JFK o a uno de los Rolling, ahora nuestros ídolos son Lee Harvey Oswald y el cabrón que le apuntaba a Jagger en Altamont. Por eso cuando me hablan del bar Mink y su decoración minimalista, o de Gabriel Orozco (cuando me cojo al presidente con un hueso de ballena no conozco), o de bebidas de diseño, o de la muerte del rock, o de que pop mata poesía, yo pienso ay no: ahí viene el mamón de la pistola.
Escribo esto para bajar de peso: estoy gordo de miedo, encerrado en mi puntual desamor y desapego, en mi muy particular manera de ser emocionadamente cool, abandonador de proyectos felices, pájaro muerto: anoche mi segunda ex mujer soñó conmigo y amaneció deveras tristísima hoy.
¿Has visto esos juegos de blackjack que transmiten en vivo por el ESPN?... Al principio me parecían horrendos, pero ahora los veo con un ojo en el triunfo y otro en la zozobra. A veces lloro un poco frente a las caras sudorosas de los tahúres derrotados. (Ese domingo me hospedé en un hotel que daba a Paseo de la Reforma; mientras el juego transcurría, yo me despegaba de vez en cuando de la tele y veía por la ventana marchar huestes espectrales de indignados.) O salto eufórico sobre la cama de alquiler: color mata número y Larry Desmond triunfa en la mano final. No me preguntes qué es: nunca he podido entender cómo se juega al blackjack. Sólo escojo a un jugador por la expresión de su rostro y le soy fiel hasta que vence a la banca o le cambia la cara o le quitan la camisa. No me preguntes qué es: no conozco otra manera de vivir el ancho mundo del deporte.
Escribo esto porque mi tórax se desinfla. Mi cabeza se desinfla. Mis manos se desinflan. Sólo mi verga permanece azorada y rígida y se estremece como un pez beta en una pecera solitaria. La sangre me fluye en estos días plácidamente rápida hacia la zona lúcida.  Debería dejarme de moralidades y buscar una dulce borrachita con quien sudar el último timbre del verano.
Dame más fichas, bro: estoy listo para volver a la mesa de blackjack.

VÍCTOR BURGOS



CARTA DE UN DESAPARECIDO


Hace ya más de un año que no quemo mis pertenencias y desaparezco por un tiempo, esfumándome en medio del crepitar de las llamas para ser un desaparecido más, un vagabundo con mil rostros. Solía hacerlo con cierta regularidad: era un nómada de fuego. Erraba de acá para allá, casi borrando mis pasos y mis palabras escritas o dichas. Incluso desechaba mi nombre y usaba todos los pseudónimos posibles hasta perderme a mí mismo en un anonimato turbio y dilapidar todo sentido de identidad. Y es que el nombre –muchos no lo creen- tiene cierta fuerza vital que nos ata a lo que somos: fácilmente se podría decir que cambiar de nombre es cambiar de vida. A pesar de que –y no puedo negarlo- hay una médula, una pasión, esencia mítica tal vez, dentro de nosotros que jamás cambia… Disculpen pero me desvío del tema principal de mi relato.
Decía que hace un poco más de un año que no desaparezco. Cuando me percaté, no supe a qué se debía. ¿Algo ha cambiado en mí? Llegué a la cautelosa conclusión de que no, nada ha cambiado en mí. Sigo siendo el mismo errático. Entonces, ¿qué me sucedió? Busqué en mis diarios, mis escritos, mis fotografías, incluso en mi ropa y en mi habitación. Escudriñé todos los rincones de mi espíritu buscando alguna cosa que desconociera, que no estuviera en tal lugar hace más de un año, esa última causa que me llevó a mi último incendio. Pero no, nada de eso estaba. O si estaba, no causó en mí otra impresión que un interés pueril y no destructivo, como antes lo hacía. En ese momento estaba confundido. Entonces, me di cuenta que la había conocido a ella hace más o menos un año. ¡Tenía que ser eso! Nos enamoramos y ya ninguno de los dos podía concebirse sin el otro. (Al principio nunca lo admití pero en las tardes sin ella, sin su voz, sin su mera visión, no podía soportar un minuto más y rezaba porque apareciera de pronto y terminara con la tortura de su ausencia. Allí fue cuando se me volvió inimaginable una vida sin ella: si ni siquiera podía soportar una tarde). Era ella, entonces, la causa de todo este trastorno. Me miraba al espejo y ya no deseaba desvanecerme, salía a caminar y ya no quería hacerlo sin rumbo y para siempre, y llegar a parajes desolados, salvajes. Ella, de pronto y sin yo darme cuenta al principio, se había convertido en un incendio más brillante del que yo pudiera causar, ella se volvió un paisaje, mi paisaje, vasta y dolida, con sus manos, sus ojos oceánicos, su mirada profunda de cueva, su cabellera río arriba, su espalda como estepa inexplorada, sus muslos vírgenes, sus piernas, sus pies, toda ella se había convertido en mi tierra, mi patria. Era en ella en quien quería perderme para siempre, sin rumbo, sin provisiones, desnudo y hambriento como un salvaje. Era en ella en quien quería olvidar al mundo y sus atrocidades, sus ruidos, sus personas, sus falsos dioses y valores. Ella personificó ese lugar mental al que tantas veces inmigré en medio de una multitud, ese paraje intangible al que huí lleno de cenizas y quemaduras, triste y magullado; ella representó en carne y huesos un espejismo que tantas veces se me había aparecido cuando estaba muerto de sed, la alcé como causa y efecto, bandera incorruptible e himno glorioso.
Ahora, un poco después, me di cuenta de todo. He desaparecido. Me he esfumado de nuevo. He borrado mi nombre de los libros de la Vida y de la Muerte, dejé de usar zapatos y me dejé crecer la barba. Les digo que la vista es hermosa, nunca hace demasiado calor ni demasiado frío. Hay hambre, dolor y sufrimiento como allá afuera, pero acá, sentirlos es una opción y no una obligación. El viento siempre sopla poco pero refresca. Mis libros no se llenan de polvo y el tiempo pasa rápido, sí, pero cada instante dura una eternidad si así lo deseas. Las preocupaciones se espantan como insectos cuando se vuelven muy molestas y lo mejor de todo: no hay futuro. Bueno, no es lo mejor. Pero al no haber futuro, tampoco hay pasado y el presente abarca un lapso de tiempo indefinido, prolongado, abstracto. Ahora, lo mejor de todo es ella. 
P.D. No voy a volver.

PABLO MATA OLAY


EL ARTISTA


De pie, en solitario, el actor espera el momento inminente para representar el papel de su vida.
Justo en este momento de concentración absoluta, el actor recuerda todos los obstáculos que debió vencer para llegar a este lugar.
Este lugar, oscuro y frío. Cuántas historias no han ocurrido aquí. El actor respira su aire casi sagrado: desde seres anónimos y grises hasta las más consagradas estrellas han pisado este lugar. Qué orgullo. Qué responsabilidad.
Aspira, exhala. Recuerda sus líneas. La intención, el color, el tono, la naturalidad. Todo lo sabe, todo lo domina. Y sin embargo, tiene miedo.
Porque el público es famoso por su altivez, su certeza de que puede desechar a cualquier impostor. El actor sabe de otros que por una duda, un traspié, han causado una revuelta.
La espera es desgastante. Piensa sus líneas otra vez. Recrea en su mente el recorrido por el escenario. En teoría es fácil, pero nada está escrito.
Sus líneas, sus líneas. Las talla en su cabeza, las hace su bastón, su fortaleza. No es nadie sin sus líneas. Se lo dijo quien lo introdujo a este mundo: “nunca olvides”.
De pronto, el estruendo. No hay marcha atrás: por unos instantes, no existirá más que él y su público. El telón frío se abre justo frente a él.
El actor toma aire, da un paso y sonríe. Con voz firme, pasos seguros y una gran sonrisa, suelta sus líneas:

― Dama, caballero, le traigo a la venta el CD MP3, cien grandes éxitos de lo mejor de la cumbia y la salsa…

LEOPOLDO LEZAMA


DE LA ASIMETRÍA DEL SUEÑO


Yo hubiera querido que las cosas entraran en una somnolencia, una distensión en la cual sus más elementales características fueran cediendo a descomposiciones progresivas. Un armazón deshebrándose, una presión casi imperceptible y de pronto las luces de la calle serían un espasmo maleable.
Había calor impregnado como si hubiera llovido, la vigilia negaba un campo de operación para la realidad impaciente; sopor, nubes difusas, cáscaras del día desintegrándose en el suelo. Yo hubiera querido subir una escalera y dejar que las formas avanzaran solas, se pasearan sonámbulas por los cuartos nerviosos. La escalera se desplegaba como abanico angustiado, el techo se resquebrajaba, se erguía, las lámparas querían salir por las ventanas. Entre las ramas del árbol el tiempo era un colibrí asustado; frágil como una flama a punto de extinguirse. Entre las ramas, el tiempo redactaba con temor su apología del movimiento. Una cadencia demasiado esbelta venía empujando; el cuerpo se levantaba unos centímetros de la cama, el pensamiento anhelaba un asueto mortífero; la circunferencia lógica se volvía vitrina, se iba asentando en zonas rígidas. Vapores sensuales organizaban una matemática indecisa, dibujaban trazos divagantes pero la geometría tenía un padecimiento, un resfrío. El entorno lógico quería afirmarse a partir de vapores vacilantes, el ambiente se fue definiendo en proporciones humosas. El vapor ascendía, los lapsos entre una secuencia y otra eran inconsistentes; otra luz inundaba la noche, nadaba de espaldas, flotaba lejos, proveía de un raro volumen a la vastedad creciente. Surgieron hendiduras de las cuales se filtraron otros mundos, recuerdos imprecisos, imágenes sin origen ni propósito, habitaciones confusas ordenadas bajo su magia fría; pero el sueño, balanceándose sobre su columpio fijo, dejó de mover las pantorrillas.
El vapor ascendía, era la matriz de las formas, el lugar en que se hallaban concentradas las posibilidades para los caprichos de la mente adormecida. El vapor ascendía, intensificaba su proyecto de disgregación sistemática; la nueva geografía buscaba privacidad, vertebración independiente. El espacio se pobló de una materia neutra: el sueño adquirió texturas museísticas, instaló una iluminación de estatua vespertina. El sueño moldeaba una espesura para proteger a los objetos de los ruidos; los objetos se disgregaban, eran vapor que carecía de altura, flujo ascendente, cabellera de imágenes impacientes por llegar a otra rutina. Había demasiada amplitud, demasiada sensación de crecimiento; el alma se ensanchaba, un brillo voraz desarticulaba sus fronteras. Y la debilidad del sueño se fue erizando: de sus filamentos se desprendieron irisaciones violentas, diminutas ondas agresivas rasgaron el equilibrio de las proporciones; las piernas brincaron debajo de las sábanas, fueron un salto de liebre levantando pequeñas polvaredas. El cuerpo yacía inmóvil, pero el alma festejaba dormida. Yo hubiera querido que la noche nos regalara otros espacios, un umbral, un surtido de conformaciones sorprendentes que impidieran la tragedia de levantarse entre las redes de humo y preparar café, abrir las ventanas.
Pero el sueño prefirió ir por una brecha, por terruños que gozaban de sus propias zonas neutras. Emanaciones de luz fracturada pretendían abarcar la lejanía: en vez de distancias recorríamos un conjunto de pasadizos inestables: el sueño subía por la escalera y se mareaba. El amanecer se acercaba como una seriedad vital; la línea del sueño, temblorosa, iría de un lado a otro a la caza de áreas fértiles, de figuras. Ya se estiraba buscando la conformación de un polígono, ya se arrastraba arañando una espiral. En el sueño la esencia de las cosas podría ser su fachada; la noche sería entonces un gran círculo de agua, una caja musical con las melodías mohosas. La membrana del sueño sería la víspera de otra piel, una exhalación que no terminaría de condensarse, un refugio en el que se esconderían líneas angustiadas en busca de figura. La noche quería seguir sembrando sus trampas, el vapor se articularía de nuevo, los contornos se harían débiles y aparecerían nuevas formas: una calle con las pupilas dilatadas, una estación de autobús atacada por la lluvia, una nube con escamas.
Nadie nos dijo que al dormir las imágenes se sumergían y salían convertidas en animales corpulentos, en escenarios empapados de maleabilidad futura. El sueño garabateaba rostros casi conocidos, telares y telares de lo real bajo un torrente indefinible; tejidos difusos, tejidos incorpóreos enfrentándose a la duda de ser, fuerzas disuasivas arrastrando el mareo de las primeras horas. El cielo sería agua expandida, cúpula atenta; la tierra agua sedentaria desbaratándose sobre sus propias ruinas.
Yo hubiera querido que por la noche las cosas se presentaran de otra forma, un cataclismo expuesto, un hechizo. Habría que dejar el flujo inverso terminar sus piezas, habría que entrar a esas llanuras con la sensibilidad certera.      

LUIS FELIPE LOMELÍ


PARQUE ZEN DE MEDELLÍN

Si no se le conoce, uno puede pasar por aquí y concluir que es como cualquier otro: con su estanque de patos al centro, sus cafés con sombrillas y sus viejos jugando al dominó.  Pero la vida del Parque Zen se da justo al alba, cuando los adoradores se sientan alrededor del lago de cemento y comienzan a entonar con sus cítaras y sus acordeones, y las serpientes surgen del agua y los corredores de apuestas se apresuran por entregar los billetes que decidirán, tras latigazos de crótalos y dentelladas, quiénes serán los viejos que jueguen al dominó este día, quiénes los meseros del café, quiénes los patos, quiénes…

JOSÉ LUIS ZÁRATE


UN DESEO



Tengo que leer los espacios vacíos, las entrelíneas. Por desgracia es sencillo. Puedo practicar. Cada vez hay más. Pausas incomodas, rodeos del tema, salidas por la tangente. Miro mi expediente y comprendo nítida, completamente, el silencio de mi doctor.



Debo empezar los adioses. Una copa de vino, una cena tranquila, un momento de esa serena paz que compartimos tanto tiempo. Adiós cuerpo, digo, y él, como siempre, no dice nada. ¿Para qué? Llevamos toda una vida entendiéndonos.



Me organizo para no dejar nada pendiente. Miro la ventanilla cerrada. Suspiro. Pienso en fantasmas, en almas en pena que lo que dejaron atrás fue un trámite. No volteo a ver quién suspira, inmaterial, detrás de mí.



Digo que me voy de viaje, que me mudo a lejanas playas. A quienes en verdad amo les digo la verdad. Nada me responden las fotografías de quienes están en costas ajenas, sonriendo bajo otros cielos.



Disfruto del cielo azul, del sol, de la risa de los niños, de la tranquilidad del parque, de las risas de los otros como quien pone una sábana blanca sobre muebles que no va usar.



La crisis del gato: Pienso con angustia ¿quién le dará la leche, el pedazo de pan de la mañana, la mano en el lomo, las palabras mínimas que sólo él y su amo conocen?



Las pastillas las organizo por tamaños, por comidas, por horarios, por montones, por rutinas, por nostalgias. Me digo que no van a enterrar mi cuerpo sino, solamente, un bote más que las contuvo.



No puedo dormir. Miro la noche. ¿Si juntamos todas esas habitaciones iluminadas a deshoras qué tendríamos? Ciudad de angustia, de soledad, de silencio. ¿Qué diferencia con la ciudad que habitamos cada día?



Hoy detuve todos los relojes de la casa. Disfruto del tiempo inmóvil de la habitación. Duermo libre de tic-tacs. Despierto y puedo sentir, clarita, cómo cae la arena en mis venas.



Basta de autocompasión. Hola sol, mañana, aire, amigos que no he visto en años. Hola pelotita de goma que compro para el gato y que voy jugando por la calle.



¿En qué va a parar esto?, me dice, y pienso que nunca lo sabré y sonrió. A fin de cuentas estoy a salvo del alto costo de la vida.



Tomo camiones a ninguna parte, me dedico a ver a desconocidos con suma atención. No quiero, no debo, no voy a decirme que también eso hacen los fantasmas.



Cuando el dolor cede un poco, acaricio al gato con ternura. Pobre, le digo, siete vidas no valen la pena si hay que pagarlas con siete muertes.



Al ver una estrella fugaz pide un deseo. Olvidaron decir “fugaz”. Miré el cielo y me dije que iba a gastar la vida en desear tanto.



Por teléfono hablo de playas, de arena. Sonriendo cuelgo y me siento lo suficientemente bien para anotar que debo comprar un protector contra el sol.



Llovió toda la semana. La playa gris, el mar picado, el estruendo. ¿Qué importaba? Nuestros cuerpos eran costa suficiente. Extrañamos, eso sí, las gaviotas.



Hojeo las fotos de ese viaje. Las pusimos bajo plástico para salvarlas del olvido. Cruje la hoja amarillenta casi deshaciéndose. Crujen mis dedos.



Lo ahorrado: tenía que gastarse. La comida en latas, abierta. Las estrellas, el mar, cada recuerdo debía repasarlo una y otra vez.



Cierro el libro abierto en la mesa. Con ese simple gesto entierro siete vidas, un amor, la guerra interminable de Crimea.



Visto mi mejor traje, me perfumo. Voy a reunirme contigo, amor. Acaricio lo que olvidaste. Cierro los ojos para verte.



El correo lleva una postal. No lleva dirección ni remitente. Basta que viaje, que en ella saludemos los dos.



Algo vital se detiene dentro de mí. Se sintió, exacto, como el día que ella hizo las maletas.



Dejaste de escribir. Nada teníamos que decirnos. ¿Por qué no nos enviamos, cada tanto, una hoja en blanco?



Cierro los ojos y ahí estás tú, ellos, esa multitud que esperó hasta hoy para recibirme.



Al fin, estoy libre de mí: con alivio entierro definitivamente la corbata en un cajón.



Tres postales. Tres mares. No quiero saber, nunca quise, si también hubo tres tormentas.



Reúno el expediente de mi caso. Leo hacia atrás, como si fuera curándome. 



Dejo sobre la mesa del comedor el boleto de lotería que compré.



El gato camina, resuelto, en cada rincón, en su estruendosa ausencia.



Hoy anoto, para mí, que me voy a playas lejanas.



Veo una estrella. Pido un deseo. Mil más aparecen.



Cierro los ojos.  El mundo muere allá afuera.



Tres cosas quiero: mar sereno, gaviotas, silencio.



Mi cuerpo ha dejado de hablarme.



Me cobijo en el silencio.



Soy al no ser.



Tengo mi deseo.



Mar sereno,



Gaviotas,





DARA RIVERA


HORIZONTES


¿Qué voy a hacer contigo? Y ella lo miró. Y él sintió que aunque ella no hablara su idioma, aunque ella no hablara en absoluto, podía escucharlo y entenderlo. Si no era tonta.
Su madre había llevado las dos gallinas la semana pasada. Le había pedido a  la vieja escuálida de la esquina que la acompañara al mercado. Él aborrecía a esa anciana, siempre comentaba lo largo que traía el pelo, lo corto que le quedaban los pantalones o lo reservado que era. A ver si no te sale uno de esos niños raritos que no hablan nunca y se quedan solos. No, cómo cree, él es muy listo, se la pasa dibujando y esas cosas. Como los loquitos, yo nomás te aviso para que lo lleves al médico y le dé una checada, nada quita, ¿no? No diga esas cosas, señora.
Desde que podía recordar, su madre había comprado pollos y gallinas para criarlos y luego prepararlos en caldo. Una tarde que iba sobre la bicicleta se paró a pensarlo: era algo muy cruel. No comérselos, lo cruel era llevarlos a casa. Imaginar que las aves estaban en el corral de esa señora del mercado después de un largo viaje en un camión apestoso que echaba humo por todas partes, encerradas en cajas, apretadas unas contra otras y pensando, porque él sabía que ellas pensaban, que estaban a tres segundos del terrible final. Y no.  
Las aves que su madre compraba vivían en el jardín de atrás; grande, verde, con árboles, como todos los jardines de atrás de todas las casas del mundo. La diferencia es que su madre las dejaba corretear por todas partes. A veces encontraba un pollo cagando bajo la escalera, a veces había gallinas en la vieja casa del labrador, antes grande y fuerte y ahora viejo e incapaz de intimidar a las intrusas. Estaba mal darles una probada de cielo y luego aventarlas al lago de verduras hirvientes.
Un día decidió que también era cruel comérselos. Estaba bien comerse a los pollos que no habían correteado a su labrador, pero no a éstos, era como devorarse al vecino. Dejó de comer cualquier cosa que su madre hubiera criado. Era un trato que hacía con los pollos antes de agarrarlos por las patas y meterlos a la cocina. Te juro que no quiero, te juro que no, pero si solo como espinacas y rábanos me voy a enfermar. Mamá dice que hasta los pollos comen carne, que es lo normal. Te prometo que yo no probaré el caldo, porque sé que tú no probarías una sopa que lleve mis piernas.
Estas gallinas eran más grandes, así que podía hablarles de cosas serias. El primer día hablaron del viaje desde la granja hasta el mercado, de lo buena que era esa mujer gorda que las metía en un corral lleno de maíz para venderlas; las limpiaba antes de hacerlo, les arreglaba las plumas, les ponía periódico para que la jaula no les lastimara las patas y agua limpia cada cuatro horas. Y no hacía caras de asco cuando remplazaba los periódicos llenos de mierda por unos nuevos.  Los siguientes días él protagonizó las historias. Les hablaba de esa niña que siempre jugaba con él y no pensaba que era raro, de su bicicleta, de su madre, de su labrador, de la escuela, de las otras aves que habían pasado por ahí, del parque, de las piedras, de las sombras de los pinos.
Un día, al volver a casa del mercado, encontró que su madre había matado ya a una de las gallinas. La niña lo había acompañado a comprar calabazas y zanahorias, fue un tonto por no haberlo supuesto. Te dejo la bici, espérame aquí. Corrió al jardín de atrás y cogió a la gallina sobrante, la metió en la canastilla de la bicicleta y se fue con ella y la niña. Se cuidó de no pasar por pollerías ni carnicerías, no quería asustarla.
La dejaron en un parque, pero la gallina no se iba. La dejaron en un puente, pero ella no caminaba. La dejaron frente a la escuela, pero se quedaba quieta. ¿Qué voy a hacer contigo? Y ella lo miró. Y él sintió que aunque ella no hablara su idioma, aunque ella no hablara en absoluto, podía escucharlo y entenderlo. Si no era tonta. Deberíamos subirla a un árbol para que pueda verlo todo y decidir hacia dónde quiere ir. Él miro a la niña, cómo no se le había ocurrido eso antes de que anduvieran siete kilómetros en bicicleta.
Volvieron al parque, a las afueras del pueblo, y la niña encontró el árbol más alto. Él trepó con la mano derecha, mientras sostenía a la gallina entre el brazo y su costado izquierdos. Era lo más difícil que había hecho en su vida, tardó media hora en subir hasta la cima, casi perdió el equilibrio dos veces y los zapatos se le rompieron. Dejó a la gallina en la rama más alta y  bajó lentamente.
Esperó por cinco minutos a que la gallina hiciera algo, que marcara el rumbo, que apuntara hacia algún lado, cualquier señal. Pasó una hora y nada más. Volvió a trepar por el tronco y descubrió que bajar era más difícil que subir. ¿Por qué no te vas? Sé que no eres un pato pero pensé que podrías hacer algo, bajar aleteando, no sé.
Tal vez no es un árbol lo suficientemente alto para verlo todo, ¿no? Tal vez no.

ELEAZAR MARTÍNEZ



ESCALERAS ABAJO


Manuel pasó a la barra y pidió una cerveza, luego se instaló a la mitad del pasillo principal. A pesar del denso humo que había, se podían observar, también por el pasillo, las escaleras que subían hacia la entrada y la iluminación amarillenta del exterior.
            El antro se llamaba El Sótano. Había llegado ahí de la misma forma en que semanas antes había llegado a la ciudad: solo y preguntando. Venía de Matehuala a San Luis Potosí exclusivamente a trabajar. Ésta había sido su primera semana como obrero en una construcción. Era viernes y recién le habían pagado, por lo que decidió salir un rato.
            Lanzó una mirada a la pista, las mesas y sus bancos de madera desgastados. Todo ocupado. No esperaba a nadie, así que sin demorar llevó el líquido directo a la garganta. Una gota oscura le recorrió la comisura del labio y la recogió con el dorso de la mano.
            Gente había mucha. Mujeres, sobre todo. En la pista había parejas moviéndose y bailando. Las luces de colores trepidaban y los reflectores apuntaban a un lado y a otro.
            La muchacha de la barra que lo había atendido lucía despeinada y con sudor. La miró de lejos. Le estaba pasando un par de caguamas a una chica de jeans, tacones muy altos y una blusa de tirantes que dejaba notar lo que apenas eran sus senos: un par de prominencias mínimas, escasas. Más abajo, el bulto del estómago se escurría por encima del botón del pantalón.
            La chica pagó las cervezas y cruzó frente a Manuel sin mirarlo. Se detuvo a dos mesas con un grupo de amigas que rondaban la misma edad de él, 23, 25 años. A excepción de una que se veía mayor; rubia, cabello chino y de 40 años cuando menos. La chica con blusa de tirantes le pasó una botella a una compañera y la otra la conservó, sólo para darle un trago y dársela a otra muchacha. La compañera hizo lo mismo.
            La música pasó de norteñas a boleros y algunas parejas dejaron la pista para sentarse en la mesa que estaba entre el grupo de muchachas y él. Miró alrededor y luego se colocó en una mesa a la derecha. Puso la cerveza sobre una servilleta y se sentó en un banco de madera que temblaba. Tenía una pata más corta que las otras.
            Al fondo del pasillo no llegaban del todo las luces de colores. Entre penumbras, dos chicos delgados con playeras muy ajustadas se acariciaban, luego parecían discutir, alzaban la voz y gesticulaban. Después se volvían a acariciar. Uno de ellos derramó la cerveza. Ambos rieron y se besaron. Tambaleantes, dejaron la mesa y se perdieron entre el gentío.
            Un hombre se le acercó, y con aliento alcohólico y mirada lenta le puso una mano en el hombro.
            Te gusta mi amiguita, ¿verdad?
            Manuel no supo qué responder. El hombre vestía una camisa de cuadros rojos con grises a medio abotonar. En el hueco que se dilucidaba del pecho, entre vellos retorcidos y la piel oscura, le escurría una delgada gota de sudor. Se le aproximó aún más.
            Te la voy a presentar. Nomás para que la conozcas, te la voy a presentar. ‘Ira, ven.
            El desconocido enfiló al baño, al fondo del pasillo, tras la mesa donde había estado la pareja de chicos. Al abrir la puerta, una luz color rojo se asomó y le iluminó brevemente el rostro descompuesto y arrugado.
            Manuel dio otro largo trago y dejó en la mesa la botella vacía. Jugaba con la servilleta húmeda y con la etiqueta de la botella hecha trizas sobre la madera barata y raída de la mesa. Miró alrededor. Movía el pie derecho en el aire. El banco seguía temblando.
            Se puso de pie para ir a la barra. Esquivaba a quienes bailaban en la pista cuando se encontró de frente con la muchacha de cabello chino, la mayor de su grupo, quien traía dos caguamas. A lo lejos parecía más alta y más rubia. En el fondo del cabello se empezaba a notar la raíz negra.
            La chica entrecerró los ojos y habló arrastrando las palabras.
            Estoy a una chela de que me la metas en el baño.
            Manuel siguió de largo y en la barra pidió una Indio que bebió apenas se la dieron. Había rozado el cuerpo de la muchacha. Sus senos eran grandes y caídos. También sudaba. Parte del brazo de él estaba húmedo.
            Levantó la mirada. En la pista, parejas de hombres y mujeres bailoteaban estrellándose entre ellos. Ya no sonaban boleros, sino cumbias. Una canción hablaba de parques llenos de niños y de viajes en veleros; cosas buenas, decía. Manuel notó que la chica ya no estaba entre la gente, y desde la barra no podía ver la mesa de sus amigas.
            Cuando regresó a su mesa, ya había dos parejas ocupándola. Parecían bromear, se reían y manoteaban. Uno de los hombres puso su botella a altura de la entrepierna y le hizo una señal al otro. Las mujeres rieron otra vez, unas risas largas y chillantes.
            Se recargó en el muro del pasillo y bebió. En la mesa de al lado, la mujer estaba sentada en el banco, con las manos en el aire y moviendo los hombros a la par de la música. El hombre, frente a ella, le acariciaba los muslos.
            A mesas de distancia, la muchacha de cabello chino los miraba. Cuando los reflectores de colores le daban en la cara, su frente y sus pómulos salientes brillaban con el sudor. Sus hombros, trémulos, subían y bajaban con la música, aunque de vez en cuando se detenía para beber. Luego desviaba los ojos a otro lugar, al suelo, a la mesa o a la pista, donde sus cuatro amigas bailaban en brazos de cuatro hombres que se apuntaban y reían entre sí. La muchacha los veía. Tomaba de su cerveza y los volvía a mirar. Luego se movía al ritmo de la cumbia.
            Manuel los observó y también miró a la de cabello chino. Ella lo vio. Sus miradas chocaron un segundo. Ella le dijo algo a un mesero y le señaló la mesa y las botellas. El mesero se sentó en uno de los bancos y cruzó los brazos. Manuel apuró la cerveza y dejó la botella en el piso.
            La muchacha, entre el pasillo lleno de humo y luces trémulas, caminó hasta el fondo, rumbo al baño de mujeres. Cuando llegó, sintió la mano de Manuel en la ancha y flácida cintura. La mano se abrió por completo y la apretó. Al abrir la puerta del baño, una brillante luz carmín les iluminó las caras descompuestas y sudadas.